De gusanos y heces

Con todo el tema de los recortes sanitarios y los recortes en investigación, vale la pena citar un par de ejemplos de novedosos tratamientos de bajo coste y resultados asombrosos.

Vamos con el primero. Gran parte de las enfermedades intestinales crónicas más graves, de difícil tratamiento y que pueden derivar en cáncer, se producen por que la flora bacteriana está parasitada por gérmenes patógenos resistentes a los tratamientos convencionales con antibióticos.

Ahora se sabe que llevamos dentro de nuestros intestinos 2 kgr de bacterias que nos ayudan a metabolizar lo que comemos, y que nos facilitan de paso cantidad de sustancias beneficiosas. Pero a menudo nuestro ecosistema intestinal alberga bacterias patógenas, como el clostridium difficile.

A la doctora Colleen R. Kelly se le ocurrió que si la enfermedad la provocan bacterias patógenas, la solución podría pasar por inyectarle al enfermo una cantidad de heces de un donante sano, esto es, con una flora saludable. Es la técnica de inocular con una muestra de fermento, la misma que se utiliza para hacer yogur, y para tratar los desordenes intestinales se la conoce como transplante fecal o bacterioterapia fecal.

Según publica “The New England Journal Of Medicine” en su artículo sobre el ensayo “Duodenal Infusion of Donor Feces for Recurrent Clostridium difficile” en el que participa la doctora Kelly, el tratamiento resulta eficaz en el 100% de los casos, frente al 27% del tratamiento convencional con vancomicina.

Este tipo de enfermedades crónicas del intestino es responsable de 14000 muertes anuales sólo en los EEUU. La técnica funciona, es barata y sencilla, y miles de enfermos crónicos se han enterado del milagro y piden el tratamiento a sus médicos, a veces con creciente oposición:

Las heces se inyectan mediante sonda por vía nasal o anal, dependiendo de si su destino es el intestino grueso o delgado, y no parece ser un plato de gusto:

El segundo remedio bueno, bonito y barato es de hecho el renacimiento de una técnica utilizada a lo largo de la historia por culturas “acientíficas” como los mayas o los medievales.

Cuando una herida infectada se cronifica, requiere repetidas intervenciones quirúrgicas que resultan dolorosas, mutilantes y a menudo ineficaces.

Imaginemos que se pudiera reclutar un ejército de cirujanos, reducirlos al tamaño de un grano de arroz, e introducirlos en lo más profundo de una herida crónicamente infectada. Esto recuerda al viaje alucinante.

Esos cirujanos minúsculos ya existen y pertenecen a la especie Phaenicia sericata: larvas de mosca verde devoradoras de carne muerta. La terapia larval es asombrosamente eficaz y rápida: bastan entre 24 y 48 horas para curar heridas que llevan meses abiertas e infectadas.

Para que estos tratamientos encuentren el sitio que merecen, sólo les falta superar los mismos prejuicios que han frenado los avances médicos en épocas pasadas.

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